0002 EL PERCANCE NAVIDEÑO DEL NIÑO AYEST0 DE GULANCHOA

     Ayesto de niño era más malo que Carracuca. Bastaba que le dijeran ¡ven Ayestín! y huía corriendo; y así con todo. Un dolor de muelas. No había nacido el guapo que le metiese en vereda.

El cartero llevaba aquel diciembre la saca repleta de cartas y regalos. Era Nochebuena; el papá de Ayesto se esmeraba adornando el arbolito navideño del “Pryca” con luces del chino cuando el timbre hizo ¡ding-doooong!

¡Abre, Ayestuco, que estoy con las luces del árbol!

Pero él pensó ¡y un huevo!, corriendo a echar el cerrojo. ¡Ya está, papi!

Perfecto, chaval, resonó una voz de ultratumba en el descansillo. Como no salgas volando te quedas sin juguetes, que soy Santa Claus. ¡Eres más tonto y no naces!

Y llamó a la puerta contigua.

La vecina de los Gulanchoa se llamaba Espinilla, una niña con rizos dorados que estaban para comérselos con patatas, pero cursi como un guante. Su padre estaba haciendo la declaración del IVA al escuchar el timbre y le mandó a ver quién leches era.

La criatura corrió obediente dando saltitos de alegría con su cara de mema, pero abrió sin ojear antes por la mirilla.

Y entonces el cartero malévolo le hizo entrega de una tristísima nueva para su buen padre, mientras le decía con sorna: feliz Navidad; toma, rica. Era un voluminoso sobre certificado de Hacienda, más negro que la pez y con una sanción de no te menees.

Ayesto comprendió entretanto que le habían pillado. Confuso, gemía y se autolesionaba hasta el paroxismo. No podía volar hasta la puerta sin avión: ¡y era justo un avión lo que había pedido al capullo de Santa Claus! Así que cogió su viejo tren oxidado, saltó encima y lo destrozó para siempre, mientras que su papá berreaba del calambrazo por trastear con los enchufes.

Moraleja: el cartero nunca llama dos veces.

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Francisco



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